Poder canijo: El espejismo de la innovación educativa





Leo esta semana numerosas reflexiones de docentes en relación al inminente programa televisivo Poder canijo, en donde al parecer maestros españoles innovadores serán examinados por niños de 8 a 12 años. Estas reflexiones muestran una comprensible preocupación por lo que dan en llamar banalización de nuestra profesión, que alimentaría en la sociedad una idea deformada de la educación, más concretamente de la cultura de innovación que se va extendiendo por numerosos centros y que es tan susceptible de ser convertida a través de este formato televisivo en una moda vistosa, obviando su complejidad e interés social. 

Las críticas que he leído apuntan sin embargo contra el programa televisivo, sin ahondar en una cuestión que es, a mi juicio, el quid del problema. Los medios de comunicación se suman a una tendencia que ya era habitual desde hace tiempo tanto en las políticas educativas como en las empresas del sector tecnológico que quieren hacer caja con la llamada innovación del profesorado. La innovación como instrumento político y económico no es nueva, y sin embargo no generado, pese a su mayor gravedad, tanta inquietud entre el profesorado como sí lo hace un programa como éste. 

La política educativa viene utilizando la innovación de cada vez más docentes como cliché rutilante, escaparate para vender la supuesta eficacia de su intervención ante la opinión pública, pero después esta preocupación por la transformación del sistema no se ve refrendada en decisiones vinculantes que faciliten ese cambio de paradigma. Digamos que la innovación viene siendo desde hace tiempo un eslogan publicitario que hace más vendible políticas educativas tibias, pensadas más para lucir ante el potencial electorado que para ir dando pasos hacia un cambio real en la estructura orgánica de los centros, en la reforma del currículo y en la transformación del modelo de formación del profesorado. 

A su vez, estas políticas educativas han tictirizado la innovación, a mayor gloria de las empresas del ramo; la han ligado al uso de determinados gadgets tecnológicos, subrayando más la mediación de herramientas y contenidos digitales que el cambio metodológico y de organización interna del sistema educativo. En definitiva, han hecho la cama a intereses de un sector empresarial que está viendo en la educación un nicho de mercado muy suculento a medio plazo. 

Y nosotros, los docentes, hemos picado, abducidos por la magia de estos nuevos juguetes, sin hacer una necesaria reflexión de las consecuencias de esta instrumentalización política y económica. Defendemos que es imposible transformar la escuela sin contar con las nuevas tecnologías, confundiendo a menudo el fin con el medio, el cambio de paradigma educativo con el uso de herramientas digitales. En Extremadura, como en otras comunidades, las políticas educativas defienden la innovación bajo un modelo que pasa por instalar la santísima trinidad tecnológica en todas las aulas: WiFi, pizarra y portátil, mediados por el uso de libros digitales enlatados por las editoriales, lo que supone no una verdadera transformación de la metodología educativa, sino una mera sustitución de herramientas. 

Las nuevas tecnologías dotan a la llamada innovación de una carcasa publicitaria perfecta, que vendida desde fuera aparenta un cambio deseable, pero que genera un espejismo peligroso, una percepción que no coincide con la realidad de la vida diaria en las aulas. Y peor aún, hace un daño irreparable a la verdadera transformación de la escuela, ofreciendo una imagen naïf e inconsistente del cambio de paradigma. No en vano muchos docentes resistentes a cambiar de metodología en su aula perciben la llamada innovación educativa como un circo vistoso, pero poco nutritivo, a causa de que solo ven la carcasa, la interfaz luminosa y no el laborioso proceso educativo y el modelo evaluativo que los sustenta. 

Poder canijo representa solo un síntoma más -y no el más grave- de esta tendencia a presentar el cambio de paradigma educativo como una moda pirotécnica o un catecismo en boca de gurús de verbo fácil, que encandilan a masas entusiastas. 

Instituciones políticas, empresas tecnológicas y medios de comunicación presentan a menudo el cambio educativo como un espectáculo estéticamente degustable, adaptado a sus intereses (no educativos). Les interesa la innovación como escaparate, siempre que facilite el marco publicitario eficaz para sacar rédito de esta ola de cambio. Sin embargo, cuando se ahonda en la necesidad de reestructurar el sistema educativo para hacer posible este viraje, dejan de sonreír. 

Estoy convencido de que los docentes preocupados por este cambio debemos ir más allá del voluntarismo kamikaze o del buenismo autocomplaciente y empezar a unirnos en acciones vinculantes que presenten este cambio como una realidad plausible, constatable, y que fuercen a las instituciones educativas a dejar de utilizar este cambio como instrumento político y económico. De lo contrario, seremos quizá sin saberlo cómplices de esta banalización que nos hace rasgarnos las vestiduras.