Escuchar, hablar, actuar




Juanjo Fernández (@juanjofdezsola) recomienda a los docentes huir de dos extremos, lo que da en llamar la arrogancia "fósil" y la arrogancia "tsunami". Y no es mal consejo (enlace aquí). Cuando hay cambios de paradigma, tiempos que exigen actuar -no confundir con innovar-, certidumbres que se tambalean, miedos que hacen dudar o refugiarte en la comodidad de lo conocido, es fácil caer en actitudes polarizadas. Apocalípticos e integrados, que diría Umberto Eco; temerosos del cambio e integristas de la innovación pululan en un espacio difuso de ideas y proyectos educativos. 

Conceptos como innovación o cambio educativo pierden todo su sentido y dirección cuando se enrocan en tesis estancadas (o intereses alejados de lo educativo), al igual que es infértil defender el inmovilismo como único refugio contra la incertidumbre. Lo constructivo es desear el cambio a partir de carencias que se detectan sobre realidades compartidas. Si en tu centro algo no funciona, habrá que reflexionar juntos y actuar. Esta es, a mi juicio, una actitud que favorece un cambio real. Defender tesis desde la confianza en "tu" verdad no ayuda mucho a mejorar lo presente. En los centros conviven percepciones muy diferentes acerca de lo que hay que cambiar o mantener y también acerca de lo que debe ser un docente, pero es necesario desempolvar el debate. Estamos en un periodo muy rico desde el punto de vista pedagógico, pero hay poco o ningún acuerdo sobre nuestro papel y el papel de la escuela. Hay que hablar, y mucho. Hablar para actuar. 

Ayuda mucho en un centro que el equipo directivo apueste por una determinada línea de trabajo, apoyada por al menos un puñado de docentes, un proyecto de centro que paulatinamente vaya modificando juntos estructuras organizativas. Cuando un centro tiene un plan, apoyado en la realidad que vive, es raro que ese proyecto no acabe calando en las rutinas de trabajo de los docentes. No es cuestión de innovar o cambiar porque sí, sino de responder a demandas visibles, de favorecer espacios de trabajo que fomenten el movimiento de ideas y el desarrollo de proyectos compartidos, siempre desde la pluralidad metodológica, pero sin eludir la intervención sobre esa realidad. 

El cambio es inevitable en épocas de transición de paradigmas, cambios que producen tanta incertidumbre como arrogancia. Saber escuchar es importante, tanto para el que se acomoda como el que quiere cambiar. Y para escuchar es necesario que enseñar y aprender se escriban en plural, hablando, superando el solipsismo y empezando a construir juntos. 

Los "integrados" corren el peligro de presentar esta demanda como una cruzada sectaria, incluso ideológica, y los "apocalípticos", como un cómodo argumento que alimente su miedo a cambiar, e incluso su egoísmo personal (hago lo mínimo porque no me exigen). Por eso, cambio sí, pero juntos. Todos cedemos (el integrado su verdad meridiana y el apocalíptico su cómodo sillón), y todos ganamos.