«Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo.»

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Hace falta...



Con una mezcla de interés y perplejidad, leo la siguiente declaración de la secretaria de Estado de Educación, Montserrat Gomendio: «Hace falta un cambio radical en la metodología de la enseñanza. Los profesores van a tener que saber solucionar tareas complejas, ser innovadores y creativos.» Y me pregunto:

Hasta la fecha el modelo de innovación educativa que propone el Ministerio se limita a la oferta (voluntaria) de cursos de formación y proyectos de innovación (bajo el incentivo de los clásicos puntos para sexenios y traslados) que acerquen al docente a nuevas metodologías. ¿Es suficiente? Ciertamente no. Pero no solo insuficiente, también un camino que reproduce errores pasados y achica sin evitar naufragios.

Un viraje en los modelos tradicionales de enseñanza requiere algo más que un plan de formación a base de píldoras y la esperanza de que el profesorado se anime por altruista voluntad a provocar en su aula ese cambio. 

A mi juicio, un cambio de orientación a este respecto debe acompañarse de: 

1) Una reforma sistémica de la educación obligatoria, que arranque con una ley conciliadora, flexible y abierta a la aplicación de cambios curriculares, de espacios en el centro, de horarios, de materiales, de modelos formativos... La actual LOMCE se limita a reformar el currículo, simplificando áreas (¿por razones pedagógicas o presupuestarias?), pero no aborda retos estructurales del sistema. Ni siquiera cuando habla de evaluación se aleja del mero criterio demarcador y abstracto, sin tener en cuenta los contextos en los que se inserta el aprendizaje y las diferencias entre alumnos. La LOMCE, pese al clamor de la secretaria de Educación, no revela un interés por la metodología, más allá del fervor hacia el acceso a las TICs y la dotación de gadgets en las aulas. 

Además, no se acompaña esta dotación tecnológica de una reflexión y un plan integral que ajuste estos medios a entornos reales de enseñanza-aprendizaje y que ofrezcan modelos evaluativos sólidos y eficaces. A esto se suma que el modelo curricular, la estructura de los centros, el uso de espacios y horarios, así como el modelo evaluativo de la Administración, no se adapta ni propicia la aplicación real de estas metodologías. Se le pide al docente que vista un traje para una fiesta que requiere ir de sport. La evaluación administrativa no se pone al servicio de este viraje metodológico. Al final del proceso, solo requieren del alumno la obediencia a la dictadura del aprobado numérico y la tan de moda estandarizada prueba externa (¿reválida?).

2) Un cambio en el modelo de formación del profesorado, que no se limite a la mera oferta de cursos y programas, marcados verticalmente por la Administración. Una formación docente eficaz debe arrancar de los propios centros, convirtiéndolos en verdaderos agentes formativos, no en meros receptores de cursos. Agentes de formación en red, que se formen a sí mismos y formen a otros; que establezcan sinergias con el entorno del alumno y trabajen con otros centros, docentes y alumnos. Formación y metodologías de aula deben caminar juntas. 

El modelo de formación del docente debe descentralizarse del entorno CPR (a excepción de la formación técnica o aquella que requiera medios especiales) y vitalizarse en el entorno en el que enseñan y aprenden docentes y alumnos. Formarse en el dentro, formarse entre centros, establecer redes de formación flexibles y contextualizadas con la realidad de docentes y alumnos. El modelo CPR hace aguas y es necesario desde ya reformularlo, en beneficio de una formación sobre el terreno y que sea potencialmente colaborativa, viral, reproductiva. 

Una formación que parta de la realidad directa de los docentes, que se produzca en el entono real de los alumnos, que favorezca el intercambio de experiencias y medios, que se convierta en definitiva en una gran red, una comunidad de aprendizaje-enseñanza, favorecería con mayor eficacia el viraje metodológico del profesorado. Es un error vincular la formación con los puntos para sexenios. Formarse debe ser un elemento de normalidad profesional, no una excepción venturosa, un incentivo para hacer bien tu trabajo. Innovar es una exigencia connatural a la labor del docente, no un milagro para audaces. De ahí que no deba estar ligado a incentivos o proyectos excepcionales, sino a programas globales de mejora, destinados a toda la comunidad educativa, vertebrados con la vida del centro, con la intervención directa en el aula. De lo contrario, la innovación seguirá siendo cosa de unos pocos docentes, a menudo rara avis en los centros, que piden caridad donde solo debiera otorgarse justicia.